Inundación Junio de 1891
Por Federico Fliedner

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Federico visita la congregación evangelista  de Camuñas seis meses después de la inundación  de junio de 1891 en la que hubo una gran devastación de la zona, principalmente para el pueblo de Consuegra, describiendo en este relato lo que a su paso por los pueblos de la vega del Amarguilo pudo observar.

De “Aus meinen Leben” Tomo II por Federico Fliedner , Editorial Martín Warneck, 4ª Edición, Berlín 1903 páginas 327-339 traducido por Catalina Fliedner y Brown.

Recuperado el presente documento de la mano de Catalina por: Pedro Gallego Redondo, José Ariza Aranda, José Carlos García Moreno, Andrés Rodríguez Horte en el año 1985.
 

En una ocasión, parecida, posterior, en la Mancha bien conocida volvió a ser mi padre, la persona que transmitiera los donativos de unos evangélicos a sus correligionarios afectados gravemente por una inundación. Esta vez fue Camuñas la que hubo de verse en grande riesgo. Escribe mi padre: “El 27 de Noviembre de 1891 marché hacia el sur a la gran meseta en el centro de España para visitar nuestra congregación evangélica Camuñas, devastada gr4andemnete por las aguas. Nuestros amigos lectores recordarán la horrenda noticia que llegó de España en el otoño próximo pasado cuando en una sola noche perecieron mil personas en el torrente de agua. Nuestro generoso emperador contribuyó al socorro inmediatamente con un cuantioso donativo. Muchos donativos se enviaron directamente al Gobierno pero cuando se supo que una congregación evangélica también estaba grandemente afectada, recibí algunos donativos encargándoseme que aliviara con ellos la necesidad de nuestros hermanos españoles.

Las inundaciones habían causado grandes estragos en el puerto de Almería. Pero solo quiero hablar de las inundaciones en la Mancha que sin duda fueron las más horrendas, y donde también está situada nuestra pequeña congregación de Camuñas. Aprovechamos nuestro viaje para visitar brevemente a nuestros hermanos en el Campo de Criptaza, partiendo de la estación de ferrocarril, Alcázar de San Juan, y nos alegramos al ver que a pesar de tantas persecuciones seguían firmes y confiados. Toda visita de esa índole nos induce a volver a interceder nuevamente y con más fidelidad por los cristianos evangélicos en las aldeas tan a menudo solos y muchas veces acosados, donde ahora vuelve a llevar la voz cantante el cura sin que nadie se lo impida. A pié volvimos a la estación de ferrocarril donde me estaba esperando nuestro buen amigo Mateo con su paciente borrica Chateja, aunque no puede descubrir en su hocico nada que pudiera justificar tan cariñoso nombre. Me dijo Mateo que le había costado trabajo llegar hasta este lugar por estar todo el suelo todavía blando y empapado en el carril corriente. Por lo tanto un aldeano le había indicado otro camino, algo más largo pero en terreno más elevado por el cual podríamos marchar mejor. Yo me alegré, pues así el viaje me conduciría por veredas para mi desconocidas hasta ese momento y aunque y estaba anocheciendo eso no importaba, pues la luna brillaba con tal claridad que no costaría trabajo encontrar el camino. Y si que hubimos de agradecer esa luz del cielo, que sin ella lo habríamos pasado bastante mal.

Dando un rodeo muy grande y atravesando por dos veces unos arroyos tumultuosos, nos íbamos acercando poco a poco a la ciudad de Villafranca de los Caballeros; Mateo estaba sentado en su borriquita y yo había tomado la delantera marchando a pié, gratamente convencido de que habíamos dejado atrás la mayor parte del camino. De repente me hundo hasta los tobillos, busco terreno más firme y a cada paso me hundo más. A la Chateja le ocurrió otro tanto, así que su jinete tuvo que apearse a toda prisa para no correr la misma suerte. Daba la sensación de estar uno en la arena movediza a orillas del mar, y los pocos minutos que necesitamos para ponernos a salvo, se nos hicieron interminables. Pues supongo que habíamos ido en dirección contraria a la que en pocos pasos nos hubiera llevado a terreno firme, por doquier había mucho agua y poca tierra y en ninguna parte tierra firme.

Así se comprende que hayan parecido santísimas personas al huir del torrente pues mientras iba desvaneciéndose la tierra a sus pies, la violencia del agua los echaba al suelo. Por último pudimos llegar a una colina pequeña y seguir nuestra ruta a Villafranca por un camino que debido a las inundaciones se había convertido en arroyuelo cristalino.

Villafranca de los Caballeros es el último poblado que se ha visto afectado en este valle surcado por el Amarguillo; de repente se vio totalmente inundada; pero como el agua ya había encontrado espacio suficiente para extenderse, su violencia había menguado y en lugar de perjudicar, la inundación ha sido más bien un beneficio para los extensos campos de esa fértil llanura. Casi parece como si las olas alborotadas la hubieran escogido como almacén para depositar allí todos los escombros que habían arrastrado en su carrera desenfrenada. Más de doscientos carros cargados con leña, mesas, sillas, puertas y utensilios caseros pudieron devolver los habitantes de Villafranca a sus paisanos desgraciados que vivían más arriba a orillas del Amarguillo. Desgraciadamente hubo otros que aprovecharon la ocasión para enriquecerse con el botín de la inundación, siendo más de ciento los acusados de haberse apoderado de bienes ajenos.

La distancia de villafranca a Camuñas es de unas dos horas (a pie). Pero el camino que desde allí va por lo alto de las colinas, ya no ofrecía dificultad alguna, así que a buena hora, a las diez de la noche llegamos al hogar acogedor de nuestro guía para encontrarnos allí con su amable hija, buena lumbre, buena cena y lo más apetecible, el descanso deseado.

Entre todos los habitantes del pueblo no hay ninguno que no tenga algo que decir de aquella horrenda noche de otoño; si empiezan a contar no encuentran fin. Todos hablan a la vez y lo que uno dice hace recordar a otros veinte lo que a ellos les ocurrió. De lo mucho que contaron ya saldrá a relucir alguna cosa en el curso de la descripción de nuestro viaje. Pero de todos modos cuesta trabajo hacer un relato ordenado o tener una idea aproximadamente justa de aquella terrible inundación al no verse uno en el mismo teatro de los acontecimientos.

A penas hubimos puesto en relativo orden la vestimenta y las botas limpiándolas de los restos de la inundación con la cual la víspera habíamos trabado un conocimiento tan poco grato, cuando nos pusimos en camino para ver el lugar mismo de la devastación. El pueblo de Camuñas está en la falda de una colina así que la aldea, en su parte superior, que es donde están casi todas las casas, se salvó de la inundación. Sin embargo, todas las casas que están más abajo se vieron muy afectadas por el torrente. Un molino de aceite fue destruido casi por completo, y solo al verlo, puede uno darse cuenta del poder terrible del aluvión que había empujado la larga viga poderosa de la prensa de aceite como si fuera una paja, penetrando además en las bodegas y llenándolas de forma que las grandes tinajas empezaron a danzar con la violencia del agua, de la manera más divertida (para ellas, se entiende, que no para el dueño). El rugir ensordecedor de las olas que cubrían el valle en toda su extensión había puesto en movimiento a todos los habitantes. Y parece que algunas de las víctimas desgraciadas de Consuegra llegaron acá con vida. “Fue la misericordia de Dios”- dijo una de las mujeres que esto ocurriera de noche, pues si hubiéramos alcanzado a ver, con el trueno de la tormenta, con el rugir de las olas, con los ayes de las desgraciadas victimas, la devastación en su totalidad, todos nos habríamos vuelto locos”.

A orillas del río hay un bosquecillo de negrillos; no solo se rompieron muchos con el ímpetu de las olas, sino que al amanecer, aparecieron en la copa de unos álamos muy altos, ropas, colchones, un arado y toda suerte de restos de trabajos del pueblo de Consuegra. Al despuntar el día aparecieron los muchos cadáveres de las desgraciadas víctimas de la inundación, y los enterraron en el cementerio del pueblo. Es extraño que a pesar de la violencia tan terrible del agua que arrancó el pretil de mampostería del puente que atraviesa el Amarguillo, el puente mismo resistió el embate de las olas como si fuera obra de romanos, y puede que lo sea, pues su forma y manera de construcción no son contrarias a este supuesto. En aquellos momentos el riachuelo Amarguillo fluía de nuevo bajo el puente, manso, somero, aunque de corriente rápida, que podía dar una idea del furor terrible de las aguas que por el declive tan pronunciado de aquel fértil valle se hacía diez veces mayor. Pero si aquello había sido fértil llanura ya no se veía más que lodo y arena traídos y depositados desde muchas leguas de distancia de la cordillera por la corriente avasalladora.

Subamos pues por la orilla derecha del Amarguillo para llegar a Consuegra el gran centro de la devastación, a unas tres horas de distancia. En algunos lugares, el camino estaba casi intransitable y era asombroso el que pudieran pasar los carros; y sin embargo, nosotros mismos hemos tropezado con uno, y lo que es más asombroso todavía, con una persona tan valiente que iba sentada dentro. De todos modos el carretero parecía complacerse con los golpes fuertes, pues el carro iba dando tumbos, metiéndose ya a la izquierda, ya a la derecha en hoyos o surcos profundos con el riesgo de volcar a cada momento; pero la costumbre había curtido al dirigente así que se dejaba caer tan tranquilo a un lado o a otro.

Al poco tiempo llegamos a Madridejos con las altas torres de su iglesia; un pueblecito principal de unos cinco mil vecinos, según se cuenta en España en total unas veinte a veinticinco mil almas. Estos fueron los primeros en darse cuenta del riesgo que corrían en el cercano Consuegra y de tratar de remediarlo. La ciudad misma bien por encima de la orilla del río, casi había quedado libre de la corriente devastadora de la inundación. Tiene fama por el fanatismo romano de sus habitantes que en gran parte hacen alarde de ser carlistas. En toda La Mancha solo hay dos lumbreras, Campo de Criptaza y Camuñas.

A lo largo de la colina se podía distinguir claramente por una línea bien marcada el último límite de la inundación, trabajo cuesta pensar que el nivel del agua haya llegado a tal altura, pero los restos depositados en la pendiente son una prueba irrefutable y de ellos puede deducirse la enorme cantidad de agua que en aquella noche llenó todo el valle. Por último descubrimos en las paredes de un valle montañoso el desgraciado Consuegra; pero al entrar desde arriba, a lo primero no veíamos rastro del asolamiento, hasta que nos acercamos al convento de los monjes filipinos en el centro de la que una vez fue ciudad. No se puede describir el panorama de la terrible devastación que aun hoy, pasados ya más de seis meses, muestra unas ruinas de centenares de pies de extensión en ambas orillas del río, donde en una sola noche dos mil personas fueron arrebatadas juntamente con los tejados y los escombros de sus casas hallando una tumba en las aguas. He visto mucha necesidad en muchos lugares, pueblos en ruinas, restos de incendios, consecuencias de terremotos, tan terribles como el último en la hermosa Andalucía; pero jamás me vi más impresionado, ni vi nada tan terriblemente triste, como este montón ruinas devastadas, donde el agua ha parecido querer demostrar que su potencia para destruir no es menor que la del fuego.

Estando yo en el único puente que ha permanecido en pie (también obra de los romanos) queriendo abarcar con la vista todo el horror de la destrucción, llegaba un anciano de 75 años, con el azadón en el hombro, de su campo de azafrán y me dijo mostrando el lugar arrasado: “Allí estaba mi casa; gracias a mi yerno, yo y mi mujer de 73 años hemos podido salvarnos atravesando el agua, ¿pero que voy a hacer ahora?” Se le saltaban las lágrimas y a mí también; claro que había hecho una instancia pidiendo socorro al comisario real y guardaba el recibo de esta como un tesoro. Era una pieza característica del arte de administración española, el contentar al público con una escuela aún en casos tan patentes de necesidad.

Para una ayuda eficaz no se había hecho todavía nada algunos meses después, y el dinero que la caridad española había ofrendado con largueza estaba bien guardado en el Banco, habiéndose despedido, provisionalmente como superfluos a los trabajadores de los lugares vecinos que se ocupaban en retirar los escombros. La impresión dolorosa que causaban las ruinas sin que apenas se hubieran tocado va aumentándose y profundizándose continuamente por los relatos que oímos por doquier al mencionar aquella noche.

Mateo, mi acompañante español, preguntó a la mujer de la casa donde parábamos y que estaba lavando, si ella también había sufrido o tenido alguna pérdida por la inundación. Se incorporó, nos miró y dijo con una voz indescriptible; “Mi casa, a mi hijo y a diez parientes. Yo misma estuve ausente aquella noche desastrosa, me hallaba en un lugar vecino en casa de unos parientes. Mi marido se había refugiado con el niño en la cama, en la mesa y por último saliendo por una abertura en el tejado; allí se afianzó, pero el agua subía y subía y la corriente le arrancó al niño de los brazos, no lo pudo sujetar, aunque era su único hijo. Dándose cuenta de que los sollozos se le subían a la garganta y los ojos se le llenaban de lágrimas, se salió del patio. Pero no voy a seguir describiendo tantas aficiones. Si tales escenas se graban indelebles en la mente de quien las oyó relatar; ¡Cuánto más en el corazón de quienes las vivieron! Solo quisiera regresar con mis amigos a nuestra pequeña congregación en Camuñas, que como ya vivimos fue también alcanzada por esas mismas corrientes de agua. Allí, gracias al Señor, pude prestar ayuda muy eficaz y muy necesaria. Cabalgando en mi Chateja volví a bajar por toda la cañada que servía de lecho al ancho río que llenó también a los habitantes del pueblecito de miedo y terror. Felizmente la mayor pare de Camuñas está tan alta en la falda de la montaña, que solo se llenaron de agua o fueron parcialmente destruidas las casas situadas en el borde de la llanura. Cuando el agua irrumpió tan de repente se oyeron gritos de angustia pidiendo socorro de todas estas casas pero no hubo de lamentar la pérdida de ninguna vida humana gracias a la ayuda valerosa de seis mozos, el primero de los cuales, Mariano, hijo de nuestro guía y huésped, pertenece a nuestra congregación. Sacaron (llegándoles el agua al pecho)- a los moradores amenazados de sus chozas que se tambaleaban. Sin embargo todas las frutas de invierno que había en la llanura, fueron revueltas, arrastradas o cubiertas por un pié del barro espeso de las aguas embravecidas así que todo aquello con que habían contado los moradores para el próximo invierno, nabos, zanahorias, patatas y legumbres quedó deshecho, habiéndose producido un daño grave para el año siguiente por el destrozo de las viñas. Este fue el motivo de que también este pueblo recibiera una parte pequeña del socorro oficial; sin embargo, el alcalde ultramontano y el cura del pueblo eran los principales personajes de la comisión de socorro; y ya el hermano del primero instituido como inspector se había atrevido a decir el sábado a los trabajadores; “¡Así que mañana a misa, y después se os pagará!¡Quien no acuda a misa, no tiene porqué volver al trabajo el lunes!” Pero esa amenaza no surtió efecto; nuestros hermanos evangélicos no fueron a misa, y nadie se atrevió a quitarles ni la paga ni el trabajo posterior. Pero se comprende que poco se puede esperar de una tal comisión de ayuda. Así alabamos a Dios porque pudimos socorrer inmediatamente un poco a nuestros hermanos gracias a la ayuda de algunos hermanos, de modo que los pobres labradores si quiera recibieron la semilla para poder sembrar el trigo. También nos alegramos poder decir que algunas de nuestras congregaciones en España ha reunido sus óbolos para esta hermandad afectada tan duramente y nuestros huérfanos renunciaron a la cena durante una semana para que el dinero, así ahorrado, fuese enviado a los más pobres para su remedio. Era encantador. Recibí una carta firmada por todos los habitantes de nuestro orfanato que decía: “Muy apreciable señor director, llegamos a Vd con un ruego grande esperando que no nos sea denegado. Todos los que hemos firmando le pedimos que desde el lunes hasta el sábado de la semana que viene, no nos dé de cenar, y se emplee el dinero así ahorrado para nuestros hermanos afligidos, los miembros evangélicos de la congregación en Camuñas.” Es verdad que a algunos de nuestros muchachos no les perjudicará ayunar, están bien rollizos, pero también hay algunos más débiles y necesitados. Así pues mi mujer dijo (y es bien sabido que las mujeres llevan el ministerio del gobierno) “No puede ser” Pero yo me encontraba en uno de los pocos casos en que me permito tener otra opinión y repliqué: “A Daniel y a sus compañeros tampoco les perjudicó el que unas semanas solo se alimentaran de legumbres, pues Dios veía el fin que querían alcanzar. Vamos a dar a nuestros chicos pan y agua en lugar de la cena, para que el estómago no quede vacío además, es de suponer que con la perspectiva de una cena sin sopa, comerán con más ganas al medio día así que no es de temer que se mueran de hambre.”

Y así se hizo. Todos estuvieron de acuerdo con esta solución y para gran alegría de los pequeños calculamos que su renuncia a cenar enriquecía nuestra caja de socorro con la cantidad de unas veinte pesetas. Además dirigimos un ruego sincero a nuestros queridos amigos de Suiza. Pues para mi era certísimo el que no podíamos dejar desamparados a nuestros propios hermanos evangélicos en su necesidad, después de haber socorrido tan generosamente en la época de los terremotos a los siniestrados que no nos tocaban tan de cerca. Y por no querer ser un mayordomo infiel, no me avergoncé de pedir. Gracias a Dios fue un éxito. Bien es verdad que nuestros queridos amigos precisamente en invierno han tenido que remediar muchos males, muy cercanos, pero de las migajas que caían de su mesa llenaron rápidamente un cestito, y así la manada pequeña en Camuñas pudo dar gracias a Dios de todo corazón y todos nosotros con ella, por las navidades tan felices que les prepararon sus hermanos. ¡Que Dios os lo pague y os bendiga!

Cuando más se vio esta actividad de amor fue con motivo de los terremotos que llenaron de terror a toda Andalucía.


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