Articulo del Diario de Barcelona

"Historia Ejemplar"
 

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Escrito uno, Escrito dos y Post – Data a la Historia Ejemplar.
 

A continuación se expone un relato extraído del Diario de Barcelona en el que claramente se habla del pueblo de Camuñas y del movimiento evangelista protagonizado por Moreno Astral, y protegido este por Don Luis Villaseñor.

Una historia ejemplar
Diario de Barcelona Enero de 1878

Ejemplar.- El caso que sirve o debe servir de escarmiento.
Diccionario de la Academia, edición de 1869
 

I                                                    Subir

Ha llegado a nuestra noticia, por conducto tan seguro, que nos atrevemos a responder de su absoluta exactitud, el siguiente suceso lleno de lecciones y desengaños para los que de buena fe hayan creído que la tolerancia religiosa en un pueblo eminentemente católico como el nuestro puede dar otros frutos que la desmoralización y la anarquía moral e intelectual. Ocurrido casi a las puertas de Madrid, en una provincia de las más morigeradas y obedientes, y prolongado hasta mucho después del advenimiento de la monarquía legítima, el caso en cuestión, más escandaloso que los de Iznatoraf y Alcoy,, es quizás uno de tantos como estarán ocurriendo a estas horas en toda España, sin trascender al público por ignorancia o complicidad de las autoridades locales. Dámosle a luz nosotros como prólogo a los artículos que pensamos consagrar al censo de población que en estos momentos se verifica, cuya importancia y oportunidad ponen de relieve el desasosiego, la inquietud de los laborantes de protestantismo y de otras cosas que, como es notorio, hacen esfuerzos increíbles para que la casilla religiosa del padrón arroje una mancha indeleble sobre el catolicismo de nuestro pueblo, en vez de ser, como nosotros esperamos con la mayor confianza, un nuevo timbre para este y un nuevo desengaño para aquellos.
Y sin más preámbulo entremos en materia.
 

II

Un solo elemento de verdadera y profunda corrupción social había en cierto pueblo de 250 casas, según Madoz, al estallar la revolución de 1868, y ese no lo era por sus tradiciones, ni por su inteligencia, ni siquiera por sus extravíos políticos, pues nunca había pasado de progresista, como su honradísimo padre; pero el abuso de la riqueza y del poder local, y una difícil situación de familia que se había creado a si propio separándose de su esposa y de sus hijos para vivir en el vicio y la prostitución, le hacían blanco de las censuras de toda persona honrada y principalmente del celoso párroco del pueblo, que para mayor desdicha murió en los días críticos de la revolución. No quedaba en el pueblo ningún otro sacerdote, ni era posible a la autoridad eclesiástica enviarlo por razones largas de explicar, relacionadas con la difícil cuestión de las órdenes militares, y bien acudiera espontáneamente, bien lo llamara aquel hombre desgraciado, ya dueño absoluto de la población, para disimular sus errores a los ojos de sus convecinos, se presentó allí un llamado pastor evangélico con supuesta esposa y familia a establecer el culto de moda. –solo sabemos de él que era un clérigo gallego, a quien su obispo había recogido las licencias, por mala conducta, y que a poco de su llegada tuvo un hijo, que al parecer no se bautizó, dato que en toda esta verídica historia juega un papel seguramente providencial, como luego veremos.
 

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Resistiéndose el pueblo a cambiar su abandonada y solitaria iglesia por la capilla del pastor, se tapió el templo católico a costa del ricacho y a todos los que acudían se les predicaba que era lo mismo uno que otro para recibir las ofrendas de los fieles. Quitada la cruz de la torre se puso una bandera masónica, y de los vasos y ornamentos sagrados se hicieron abominables usos. Con la escuela de niños sucedió lo propio, y el maestro, abandonado por el Ayuntamiento, que dedicó todos sus recursos y toda su protección a la evangélica, tuvo al fin que cerrarla. Más viril la maestra de niñas ha resistido heroicamente esta horrorosa borrasca sin cerrar un solo día su escuela, a pesar de haberla sitiado por hambre, no ya solo el Ayuntamiento sino los mismos vecinos, que se acostumbraron por desgracia muy pronto a vivir fuera de toda ley divina y humana. Tan contadas fueron las excepciones, que públicamente se hacían los más escandalosos alardes de impiedad y desmoralización. Hubo mujer que en día de fiesta muy señalada sacó a la calle la única estampa religiosa que en su casa le quedaba – una Virgen de los desamparados – y se entretuvo en tirar al blanco sobre ella con una pistola de salón… Otro día hicieron los hombres en la plaza pública cierta apuesta, de la cual iba saliendo ganancioso uno que tenia siete mujeres, cuando se presentó otro que tenia… once !!!.

Falsos o verdaderos, estos eran los títulos a la admiración pública en aquel pueblo desgraciado.

Apresurémoslos a decir, en honor al nuestro, que casi todos los pueblos vecinos cortaron relaciones con él, dejándole convertido en una especie de lazareto de leprosos. La provincia estaba escandalizada, pero inerte, pues las autoridades de la capital que no siempre las hubo, hacían la vista gorda, cuando no celebraban aquella extravagancia. La llaga fue criando costra poco a poco. Únicamente el ricacho había venido muy a menos, teniendo que retirarse con una mujer y unos hijos que no estaban bautizados a vivir en la única posesión que le quedaba.
 

III

En esta situación llegó la primavera de 1877.
¡1877! Les parecerá un sueño a nuestros lectores, y es sin embargo una horrible verdad. La primavera del noveno aniversario de la gloriosa.

La Junta de Instrucción pública de la provincia decidió concluir con semejante escándalo, y excitado y animado por las demás autoridades el Inspector de escuelas se ofreció a ir solo al pueblo maldito, aunque no faltaba quien le aconsejase llevar media docena de guardias civiles. El papel que tan benemérita Institución haya desempeñado en este negocio desde el primer día no lo sabemos nosotros, aunque nos excita la curiosidad; pero es posible que los archivos del ministerio de la Guerra guarden avisos y documentos que impliquen responsabilidades muy altas, de esas que nunca se hacen efectivas en el sistema que nos rige.

Solo pues con su criado llegó el Inspector a la posada ya bien entrada la noche, y al servirle la cena una joven muy bien parecida le preguntó a boca de jarro:
- ¿Y. es católico o hereje?
- ¡Vaya una pregunta! Respondió el Inspector. Católico, apostólico, romano, y cada día más.
- Pues yo, repuso la Maritornes, volviéndole la espalda, soy partidaria del amor libre.

Y fue ya inútil llamarla, porque no acabó de servir la cena. Tuvo el Inspector que arreglárselas, como pudo, con su criado.

Después se pusieron a registrar la habitación, vista la gravedad que podían adquirir las circunstancias de un momento a otro. La cama estaba tan sucia, que era imposible acostarse en ella, por lo que nuestro funcionario, metiéndose en el bolsillo su revolver, decidió avistarse otra vez con la criada. Cuando le expuso su deseo de tener cama limpia, había en la cocina algunos arrieros cenando, y ella le contestó en alta voz con la mayor desfachatez:
- Para un católico demasiado buena es. Si V. fuera de los míos, tendría una cama de príncipe y …..

Por cierto que los arrieros entre corridos y escandalizados ofrecieron al Inspector sus mantas y aperos para pasar la noche, y efectivamente, enjalmas y mantas en el suelo, con el revolver entre amo y criado, y un perro que por fortuna llevaban tendido detrás de la puerta, les permitieron esperar la luz del alba con algún descanso y menos temor. Durante aquellas mortales horas el perro se incorporó varias veces ladrando; pero sin duda alguna que iba a entrar en el cuarto no se atrevía.
 

IV

En cuanto abrieron los arrieros la puerta de la posada, ya estaban nuestros hombres

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en la calle, y ni aún allí se creían seguros. No lo estaban en verdad, como los sucesos demostraron. Mientras el criado se informaba del paradero del maestro de escuela para avisarle, el Inspector intranquilo se paseaba por delante de la posada, con las manos en el bolsillo para no perder una sola caricia de su revolver. Allí fue abordado por un hombre de buena traza que con cierta timidez se le acercó preguntándole:
- ¿Es V. el que viene a enterarse de eso de la escuela?
- Si, señor. Soy el Inspector de instrucción pública de la provincia.
- Vengase V. al momento a mi casa. Aquí no puede V. seguir.
- ¡Caballero! Exclamó el Inspector entre sorprendido y receloso. ¿Por qué no puedo seguir en la posada?
- Se lo que ha pasado esta noche… se que no ha pegado V. los ojos, y con razón.
-¡Lo sabe V. ya! ¡Tan temprano!
-Lo sabe todo el pueblo. Repito que aquí no puede V. continuar. Véngase a mi casa…
- Pero….
- Soy el juez municipal, dijo el buen hombre, comprendiendo las desconfianzas que inspiraba a su interlocutor.

Este no se lo hizo repetir, y pagando a la posadera cinco duros que le exigió por aquella noche toledana, trasladóse inmediatamente a casa del juez, donde su primer propósito fue avisar su llegada al Ayuntamiento y a la Junta local de instrucción pública para que dispusieran la visita de los establecimientos de enseñanza.
-Ya discutiremos eso, dijo el juez frunciendo el ceño. No se de V. tanta prisa.
- Es mi primera obligación como Inspector.
- Pues bien, yo anuncio a V. que ni el Alcalde ni el Ayuntamiento acudirán. Están resueltos a todo, y vamos a tener muchos disgustos. No sabe V. dónde se ha metido.
(Se concluirá)

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Una Historia Ejemplar.
 

V                                                                        Subir

Largo sería referir los obstáculos que se opusieron a la entrevista con el Alcalde, y los que este puso para la reunión del Ayuntamiento y de la Junta local de Instrucción pública. Únicamente la decisión del Inspector de despachar en veinticuatro horas su negocio, como también le aconsejaba la prudencia, pudieron conseguir que muchas horas después, y no sin irse notando alguna fermentación en el pueblo, se reunieran en la casa municipal algunos concejales y padres de familia, en tan corto número, que el Alcalde intentó varias veces aplazar la sesión y gran tiempo. No pudo conseguirlo por fortuna. El Juez municipal y algún padre de familia apoyaban enérgicamente al Inspector.

Empezó este poniendo su título de manifiesto y las instrucciones que llevaba, creyendo que bastarían para amedrentar a los desatentados concejales, y ordenando al secretario de la Junta local que empezase el acta de visita de inspección de escuelas, encabezada con dichos documentos, entró en materia resueltamente,. Había que consignar con arreglo a la ley el estado de la escuela, de que estaba ya el Inspector muy al cabo, las reformas y mejoras que necesitase, quejas que el Ayuntamiento y Junta local pudieran tener del maestro, resultados de su enseñanza, etc, etc.

¡Aquí fue Troya!

El Inspector declaró en alta voz, enérgicamente apoyado por el Juez municipal y una escasa minoría de los presentes, que la escuela pública estaba cerrada y el maestro paseándose, porque el Ayuntamiento le había retirado el sueldo y el apoyo oficial para dárselos con muchas creces a la escuela del pastor evangélico; que el mobiliario y el material de enseñanza habían sido trasladados de la primera a la segunda, excepto el crucifijo que estaba hecho pedazos y los cuadros de historia sagrada, que habían sido desgarrados…. Y esto lo decía dictando al secretario de la Junta local para que los consignase en el acta.

El secretario con la pluma en la mano miraba al Alcalde, que se había puesto de pie hecho un energúmeno.
- Escriba V. , decía el Inspector.
- No escriba V., decía el Alcalde. Eso no se consigna en el acta mientras yo mande en este pueblo.

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- Mire V. Bien lo que hace, replicaba el Inspector. Yo no puedo marcharme sin el acta, ni V. puede negármela sin incurrir en graves responsabilidades.
- Pues yo le jura a V. que mientras empuñe esta vara, y blandía el bastón fenomenal de la presidencia concejil como Santiago su espada ante los moros, aquí no se hace más que lo que yo mando y yo mando que eso no se escriba. ¿Que más quisiera V. para burlarse de nosotros?
- Señor Inspector, dijo el Juez municipal, pase V. a mi despacho, y allí concluiremos el acta. Si el secretario no quiere autorizarla, yo la autorizaré.

Casi como el rosario de la aurora acabó la reunión, pasándose al despacho del Juez, que está en el mismo edificio, la minoría del Ayuntamiento, mientras la mayoría en actitud amenazadora daba indicios de prepararse a graves resoluciones.

El Alcalde, cada vez más desatentado, le dijo al Inspector blandiendo su vara:
- De V. gracias a que no está aquí el señorito (el ricachón de que hemos hablado), que si estuviera, no saldría V. vivo del pueblo.
 

VI

- Ahora que tiene V. el acta, debe marcharse inmediatamente. Yo mismo acompañaré a V. hasta el pueblo inmediato.
Y diciendo y haciendo el Juez municipal y el Inspector de escuelas, montaron a caballo.
 

VII

A pesar de haberse recibido inmediatamente cartas de Madrid, casi órdenes, pues algunas eran de personas muy encopetadas, aconsejando la mayor prudencia en el asunto, porque se trataba de un caso de libertad religiosa, y podían surgir conflictos diplomáticos, etc, etc., las autoridades de la provincia resolvieron poner enérgicos correctivos a tamaño escándalo. El Ayuntamiento fue sustituido por otro que hoy preside el ex - Juez municipal, premiada la maestra y quitados de la iglesia los símbolos masónicos, allá por julio de 1877.

Lo que no sabemos ni creemos es que el Municipio saliente fuera entregado a los tribunales, ni que a su costa se indemnizara a la escuela pública de todo lo que le había quitado para dárselo a la protestante.

Dos cuestiones quedaban, sin embargo, muy difíciles de resolver: la del maestro y la del párroco. Vacante esta plaza y mal desempeñada la otra, habían sido el verdadero origen de todos los males del pueblo.

El maestro fue separado, cual merecía, y prescindiendo un poco de la ley en absequio a las circunstancias, en vez de sacar la escuela a oposición o concurso, se buscó un hombre ad hoc, enérgico y activo, católico a carta cabal, que ya no se acuerda siquiera de las especiotas que en la Escuela Normal le enseñaron. Aumentado el sueldo y con grades garantías y esperanzas, fue a luchar con el ex - cura gallego, que según es público y notorio tiene de sueldo 24,000 rs.. Hubo además que facilitarle recursos abundantes para aquella propaganda digna de una tribu del África, pues en la escuela protestante se dan a los niños zapatos cuando no los tienen y de comer cuando están en ayunas.

Más difícil de encontrar fue el cura para la parroquia, no ya por la escasez de sacerdotes que todas las diócesis padecen, sino por las circunstancias especiales que necesitaba reunir el elegido para este caso. Iluminado sin duda por Dios, el Prelado encontró al fin el hombre que buscaba. Una virtud intachable, una dulzura infinita, una palabra más persuasiva que elocuente, y sobre todo esa ciencia cristiana que sabe confundirse con la ignorancia para destruirla como el sol destruye las nieblas, y ese amor y esa caridad que forman el firmísimo cimiento de los dogmas católicos.
 

VIII.

Aunque la situación oficial había variado, la moral y religiosa del pueblo seguía siendo la misma, sino peor, pues los protestantes, auxiliados como puede suponerse por los centros masónicos y propagandistas, desplegaban recursos increíbles.

De las doscientas y pico de familias que, según hemos dicho, tiene el pueblo,, noventa y siete habían apostatado, y casi otras tantas estaban en camino de apostatar o eran indiferentes a toda creencia religiosa, cuando llegaron allí el cura y el maestro. Los niños habían mamado la leche venenosa del renegado gallego, que es además hombre listo y de conducta al parecer irreprensible. Sus hijos y su mujer, verdadera o falsa, no daban el menor escándalo. Todo esto hacia la lucha muy difícil.
Y en efecto, cada familia vuelta a la iglesia católica, cada niño recobrado para la escuela oficial, costaba una verdadera batalla.

La desmoralización sobre todo ofrecía inmensos obstáculos a la habilidad y a la perseverancia

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del párroco y el maestro. Aquellos hombres que tenían varias mujeres aquellas mujeres que se habían acostumbrado a confesarse en su casa haciendo un agujero en la pared y a otras prácticas por el estilo, se resistían a cambiar esta libertad satánica por la dulce esclavitud del verdadero cristiano. Un amor propio mal entendido y una falsa vergüenza de confesar sus errores también detenían a los mejor dispuestos, como suele suceder en casos semejantes.

Pero quiso la Providencia completar su obra, por medio de un secreto que debiese revelado al cura en el confesionario , y un día se le vio llegar ante el pastor de su diócesis, pidiéndole permiso para leer en el púlpito de su parroquia un documento para nadie ofensivo, altamente beneficioso para la Iglesia de Dios y que apresuraría la salvación de su infeliz rebaño.
 

IX

Aunque ya hemos respondido de la absoluta exactitud de esta historia, y celebraríamos que se nos provocara contradiciendo el menor de sus detalles para renunciar a todo género de consideraciones y llamar las cosas con sus nombres propios, cúmplenos repetir aquí que el más exacto y puntual de los sucesos que forman esta comedia por tantos títulos lamentable es el que le ha servido de feliz y providencial desenlace.

Ibase a celebrar en la malparada iglesia del pueblo una de las fiestas más solemnes, y tanto el párroco, como el maestro y los concejales andaban casa por casa citando a los vecinos a concurrir y poniendo a prueba su humildad con unos, su paciencia con otros, su caridad con todos, que eso y mas era necesario para que no estuviese el templo del Señor casi desierto.

Y en efecto, no lo estuvo, porque además se dio a entender que en el sermón ocurriría algo muy notable.

El cura subió al púlpito con un papel en la mano. Y tomando por tema el Evangelio del día, vino suave y mansamente a lamentar el error de los que tienen en su conciencia un altar para la verdad, mientras rinden con sus palabras tributo a la mentira, bien por alardear de hombres de su tiempo y calumniando a este como tiempo de incredulidad, bien por ganancias terrenales, etc,.,etc. Agotó, pues, el repertorio de la compasión y las lamentaciones principalmente para los que, por cobrar un sueldo protestante engañan a los extranjeros que han formado empeño en que las naciones crean que la nuestra apostata de su fe, y concluyó con estas o semejantes palabras:
- ¿Qué diríais de un sacerdote que abandonara la religión católica por casarse, y sin embargo bautizara a sus hijos como católicos, mientras él cobra sueldo de la iglesia protestante? Diríais que sigue ese desgraciado siendo católico en su conciencia y pretendiendo engañas a Dios como engaña a los hombres.

Y esto diciendo leyó la fe de bautismo del hijo que había tenido el ex – cura gallego, presentado como católico en la pila bautismal de otro pueblo no lejano por su propio padre, mientras lo ofrecía con orgullo a su feligreses como ejemplo de cuanto engordan los niños no bautizados.

Excusamos añadir que de las 97 familias apóstatas solo quedan hoy seis en el pueblo.

Pero esta historia prueba además tantas cosas tristes, que nos contentamos por hoy con referírsela, como ejemplar, a nuestros lectores.

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Madrid 24 de febrero
 

Sr. Director del Diario de Barcelona.

Mi querido amigo: por casualidad ha llegado a mi noticia que hoy hace un mes justo se publicó en la Gaceta de Barcelona un comunicado de D. Ceferino Treserra, pretendiendo desmentir los hechos que constituyen mi Historia Ejemplar, artículos insertos en el Diario que V. tan dignamente dirige, los días 11 y 17 de enero. A este último periódico aparece remitido el escrito del Sr. Treserra; pero ni yo lo he visto en sus columnas, ni V. me ha dicho una palabra del asunto, circunstancias que me prueban que el titulo de “comunicado al Diario de Barcelona” es una de tantas figuras retóricas como el autor ha sembrado en su lucubración. Sin embargo, por cortesía; y por gratitud a un hombre que espontáneamente se ha convertido en colaborador mío, dirijo a V. estos renglones que le ruego publique.

Jactándose de amistad de las personas que han descatolizado al pueblo donde pasa la escena de mi Historia ejemplar., y aun haciendo grandes alardes de haber contribuido a esa descatolización, el Sr. Treserra pretende, no se si desvirtuar o justificar mis aseveraciones, sin perjuicio de calificarlas de absurdas y calumniosas cuando le place, por medio de un procedimiento que recuerda la lógica, la filosofía y hasta la gramática de las Tablas del derecho democrático, obra peregrina del mismo ingenio publicada en Madrid allá por los años de desgracia de 1870. El procedimiento es el siguiente:
 

1º Rasgar el velo del anónimo, con que yo , pudoroso y delicado, había cubierto los nombres de las personas y hasta el pueblo donde ocurrió las Historia ejemplar. Nada tengo que oponer a eso, antes al contrario. El Sr. Treserra labora pro me, demostrando que no hay tal calumnia, ni tal exageración, sino muchísima verdad en mi cuadro, cuando él viene y planta por debajo: este es un gallo. Con que conste que no soy yo el orbaneja que escribe el letrero, sino el que ha pintado el gallo; me basta para tranquilidad de mi conciencia, que no quiso lanzar nombres propios a la publicidad por respeto a la gran mayoría de los vecinos del pueblo en cuestión que están hoy arrepentidos y avergonzados.
 

2º Decir que la separación del mismo pueblo de la Iglesia Católica era “anterior y posterior a la revolución de Septiembre, por cuestiones de intereses entre familias, por delitos cometidos, etc., etc.”Tambien trabaja a favor mío el Sr. Teserra. La tendencia filosófica de los breves párrafos que yo dediqué a los fundamentos de la Historia ejemplar es esa misma: “Que solo cuestiones de intereses y verdaderos delitos pueden divorciar a un pueblo de España de la Iglesia Católica.” El Sr. Treserra nos cuenta para mayor edificación y esclarecimiento de este curioso punto que él desafió allí a un sacerdote católico a discutir de púlpito a púlpito, y que él mismo fue después apedreado por las calles cuando andaba con el cura protestante, sin duda evangelizando… Pro me laboras, Treserra, pro me laboras.
 

3º Que es también calumnioso atribuir al personaje que mis notas llaman el señorito la instalación en el pueblo del curar protestante, pues lo que hizo dicho señor, en uso de las libertades patrias, fue aprovecharse del abandono del culto católico “para que sus conciudadanos conociesen, científica y religiosamente la Protesta Luterana (así, con letras mayúsculas), considerándola un paso adelantado en la senda del progreso.” He aquí mis palabras sobre este punto en el primer artículo del diario: -- …”bien acudirá espontáneamente, bien lo llamara aquel hombre desgraciado, para disimular su errores a los ojos de sus convecinos, acudió allí un llamado pastor evangélico …” Lo que el Sr Treserra escribe es un simple comentario o comentario simple de mi texto.
 

4º Que la mas grave de mis calumnias consiste en decir que “el cura protestante era

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Un católico renegado a quien su obispo había recogido las licencias por mala conducta. Muy sulfurado el señor Treserra me dice que no hay tal; pero “fue excomulgado y rompió toda relación con la romana iglesia,” porque esta “perseguía la tranquilidad de su alma,” y a renglón seguido nos habla de la que yo llamé su supuesta esposa, entonando un ditirambo al matrimonio de los clérigos, que para el intérprete más ramplón vale tanto como decir: - “el cura quería casarse, y no permitiéndoselo su estado sacerdotal, se aprovechó de aquellas famosas libertades patrias para romper con la Iglesia católica, aunque le excomulgase, como le excomulgó.”- Reconoceré haber calumniado al respetable pastor atribuyéndole mala conducta, si hay en el mundo una sola persona de conciencia recta que asegure que no me quedé corto.
 

5º Que este cura tuvo un hijo “(a los diez meses)” (¿de Casado? este paréntesis es un rasgo inmortal de la pluma del señor Treserra) “que fue bautizado en Madrid con el nombre de Ángel (¡Angelito!) en el templo de la Congregación de que sus padres forman parte” aunque había nacido en Toledo, según dice en otro lugar, y que si en el púlpito del pueblo que yo llamo desgraciado y él felicísimo se leyó una partida bautismal en que este niño resulta católico, se ha cometido una superchería, una suplantación calumniosa, si no es “que se ha tratado de sacar partido de una rara coincidencia de nombres.” Mucha coincidencia seria Esta, como es muy rara lógica depuse de hablar de calumnias y suplantaciones hablar de coincidencias casuales. Si busca una escapatoria para los dos el señor Treserra, por mi parte no la acepto.

Yo en esto ni entro ni salgo. Mis noticias, que tengo por autoridades muy respetables de Toledo y pueblos vecinos al de la Historia ejemplar, aseguran que en la fe de bautismo aparece ese pobre Angel de padres protestantes bautizado como católico en aquella misma ciudad. Ahora resulta que nació también allí y este descubrimiento, que hace prueba moral en mi favor, es debido exclusivamente al señor Treserra. Gracias.
 

6º Que es igualmente calumnioso decir que el pastor protestante y su mujer y las escuelas de ambos y todo este matalotaje que no calificaré, pues él se basta y se sobra para ponerse nombre, no dependen materialmente del señorito (yo no dije semejante cosa, y el Sr. Treserra da muestras con esta obcecación de haber escrito su comunicado para hacer efecto en otra parte que no es Cataluña, ni la redacción del Diario, ni el mismo pueblo aludido) sino que dependen “inmediatamente de las misión dirigida en España por el honorable mister Jhon Flixner, alto dignatario de la embajada alemana en Madrid” Este parrafito si que es de oro y debemos agradecérselo al Sr. Treserra, como la más útil y fecunda de sus lucubraciones literarias, incluso la tabla de los derechos. Por él sabe ya la embajada alemana que el pastor en cuestión solo cobra sueldo de M. Flixner, que es quizás la madre de este cordero; pues también sabemos nosotros que hombres que nos llaman a los católicos esclavos de Roma, seides de un poder extranjero, etc., no vacilan en ser esclavos y seides de un “alto dignatario de la embajada alemana en Madrid.” Nosotros pecamos en ser miembros humildes de la Iglesia Universal, en llamarnos hijos del Padre común de los fieles, y esos caballeros demócratas se cargan de libertades y derechos para resignarlos humildísimamente, aun que siempre por dinero mientras nosotros lo hacemos de balde, a los pies de un funcionario de Mr. De Bismarck.

El descubrimiento es peregrino, encierra altísimas lecciones de moral, de filosofía y de política; pero no se las daremos a los que esto lean y las necesiten, que serán por fortuna muy pocos. Baste decir que la embajada alemana goza de un derecho perfecto, según la legalidad vigente, para constituirse un Estado propio dentro del Estado ajeno, y que debemos doblar la cabeza ante quien nos diga: - “Yo aunque español, y aunque ejerzo funciones de la mayor gravedad en el corazón de la sociedad española, nada tengo que ver con España: dependo exclusivamente de la embajada alemana en Madrid.

Y concluyo dando otra vez y ciento las gracias al Sr. Treserra por todas las afirmativas y todas las negaciones que lanza contra mi Historia ejemplar, y que serán desde hoy su más elocuente epílogo. Siento dejarme algunos parrafillos en el tintero, como el enfadarse porque yo llamara “ex – cura gallego” a uno a quien él dice que perteneció “a la diócesis de Santiago” añadiendo “de Galicia” para darme otra lección…. De geografía, y conceder como “sola verdad del relato de Publicio, que en efecto se arrancó la cruz del campanario de la iglesia para poner un triángulo y un nivel, “que serán o no signos masónicos” – añade el Sr. Treserra ¡como si él lo ignorase! – pero “son también atributos de la libertad de todo el mundo.” ¡Pobre inteligencia la del Sr. Treserra, y pobre espíritu y pobre alma que ha podido escribir ese párrafo!

También me da el consejo en tono enigmático, de que abandone mi pseudónimo para discutir con él, y estoy pronto a seguirlo desde el momento en que me pruebe que de nuestra discusión puede resultar alguna ventaja para los opuestos principios que ambos defendemos. El tono que emplea me autoriza a creer que el Sr. Treserra espera algo de nuestra controversia.

Con toda lealtad le declaro previamente que ni él ni todos los Treserras del mundo me han de llevar a mí nunca al rebaño de M. De Bismarck, mientras Dios siga concediéndome el uso de mi razón; pero por lo contrario, si él me ofrece un solo vislumbre de esperanza de que escuchará mis razones, de que volverá manso y humilde al rebaño de la Iglesia católica, si yo le pruebo que aun bajo el punto de vista humano es más noble y más liberal y más digno de un alma dueña de si misma obedecer a un Pastor cuyas armas no son de este mundo, que a otro que dispone de la fábrica de M. Krupp, yo, no solo discutiré con el Sr. Treserra con mi nombre propio, que porque no tiene autoridad no fama lo oculto, sino que le tenderé mi mano fraternal, diciéndole –“!Bendita sea esa Historia escandalosa, que tú has escrito mejor que yo! ¡Bendita sea la hora en que la llamé ejemplar, puesto que a ti te sirvió de ejemplo para abrir los ojos, sacándote del abismo en que habías caído!”.
 


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