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Dicen
que, in illo tempore, Diógenes se dirigió a uno de sus discípulos para
darle un sencillo consejo gastronómico:
“ Si aprendieras a alimentarte de berzas, no tendrías que adular a los
poderosos.”
Luego de un breve instante de reflexión, el muchacho, sin mayor
afectación, respondió:
“ Maestro, si tú aprendieras a adular a los poderosos no tendrías que
alimentarte de berzas”
El anecdotario del gran filósofo estoico bien podría haber alimentado,
entre otras cosas, los antiguos foros de las solanetas con sus profundas
enseñanzas mimetizadas en la aspereza primorosa de las labores de pleita.
Pero la alta inteligencia y la honda sabiduría no siempre hablan latín,
amigo Encarna, y eso lo sabes tú mejor que nadie.
Tú, que fuiste capaz de vivir más de setenta años sin dar un palo al agua;
tú que, entre berza y berza, manducabas alguna tajailla de pollo, de
conejo, de cerdo o de cordero sin tener que pagar el antedicho peaje de
adulación. ¡Charaje!
Te recuerdo en el atrio de la iglesia, como una emanación franciscana,
recogiendo colillas con las que elaborabas sincréticos cigarros de celtas,
ideales y peninsulares. El caso es que fumabas siempre por la patilla, sin
rebajarte pidiendo ni envilecerte robando, asumiendo tan solo la molestia,
no poca, de tener que doblar el breve lomo en busca del preciado enteógeno.
Y con qué esponjosa habilidad absorbías y neutralizabas las burlas
zahirientes que te infligían para inmediatamente reciclarlas en una
sonrisa que se amplificaba reflejada en la copa de coñac de Marcelo ( Dame
vino y dime tonto )
Dicen que gozaste gratis total el amor de la Juana. Gratis total te
inmortalizó Yugo Quiñónes en uno de sus mejores retratos. Gratis total
pasaste por la guerra, quiero decir que no pagaste la tasa de odio y
resentimiento que pagaron la mayoría de tus quintos.
Gratis total, sin misas y sin bula, me imagino tu espíritu carpántico y
humilde con la boina en las manos penetrando asombrado los pórticos del
Cielo, donde perfectos ángeles depositan colillas a tu paso, de puros
Davidoff y de Cohibas.
La última imagen tuya me llegó a través del ojo de la careta. Subía la
procesión de Corpus por la calle Empedrada y tú nos despedías desde los
tejadillos de tu silo con lentos movimientos de la mano derecha que no
podían evitar acoplar su oscilación al ritmo de los danzantes y que eran
como el saludo de un rey que se va, que regresa a su reino tras un largo
exilio. Tenias vendada gran parte de la cabeza, y es que tu Dios te había
proporcionado un cáncer para que pudieras escapar de tu cuerpo. Un cáncer
primorosamente elaborado a base de colillas beatíficas del atrio de la
iglesia, algo que te permitiría por fin seguir, torre arriba, el camino
del humo hasta las etéreas tertulias de Diógenes al que, seguramente, le
estarás enseñando muchas cosas.
F. C. S.
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