RELATO DE FRANCISQUETE

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La diversión de que se vieron privados los imperiales, la disfrutaron en cambio los españoles, pues los toros cogidos fueron lidiados en Ajofrín, villa de 2000 habitantes, situada en una gran llanura, no lejos de la famosa sierra de Lagos, pueblo en que D. Francisco Sánchez contaba con muchos y buenos amigos.

El día elegido para la fiesta lo fue el mismo 25 de Julio, en que se conmemora por la iglesia el Santo Apóstol Santiago, patrón de España. Avisados por los guerrilleros y los habitantes de Ajofrín, llegaron multitud de forasteros, dispuestos a tomar parte en la función.

Era la víspera, y en la casa del Ayuntamiento se hallaban reunidos D. Francisco Sánchez (Francisquete), el cura párroco, el alcalde, todos los regidores del Ayuntamiento, el médico y algunas personas principales de la villa. Abajo, en la plaza, y alrededor de la hermosa fuente de cuatro caños, se discutía con gran calor en todos los grupos sobre la oposición del cura a la fiesta y a la corrida. Y con efecto, en el gran salón de la Sala Capitular se discutía el asunto. Negábase el cura a autorizar la fiesta, pretextando las graves circunstancias en que nos hallábamos, sin que ninguno de los asistentes osase contradecirle, por más que en su interior no fuesen de la opinión del párroco. Después de una largo rato de silencia, se levantó Francisquete y dijo:

- La suerte de la patria, señor cura, no ha de cambiarse porque mis guerrilleros y sus parientes y amigos se diviertan, ni los franceses van a salir de España porque no se celebre la corrida.
- Es cierto, se atrevió a decir el alcalde.

- Ustedes saben, añadió D. Francisco con triste acento, que desde que los franceses invadieron a España y desde la horrorosa muerte que dieron a mi inolvidable hermano la alegría ha concluido en mí.

- Lo sabemos, contestó el síndico.

- Es mucha verdad, añadieron algunos vecinos.

- Pero el que yo esté triste, no es una razón para que quiera que todos lo estén, pues sería el colmo del egoismo. Además, señor cura, esos toros que mis guerrilleros desean lidiar, y para cuya fiesta han convidado a sus parientes y amigos, muchos de ellos venidos de largas distancias, son suyos, puesto que los han apresado exponiendo sus vidas.

- Mas la patria…, respondió el cura.

- La patria es lo primero, pero ¿cuándo mis soldados han dejado de combatir por ella?.

- Tiene mucha razón D. Francisco, exclamó el síndico.

- Son unos héroes, gritaron todos.

- Déjelos usted, pues, que hoy se diviertan los que ayer sufrían ¡Quién sabe si mañana vivirán los que hoy pretenden reir!.

- Sea como usted quiera, respondió el cura, que comprendía las razones de Francisquete y veía que en la Junta ninguno le apoyaba. Pero, ¿y si vienen los franceses?.

- ¡Carape! pues es verdad, dijo el alcalde.

- ¡No importa!, contestó sonriendo Francisquete.

- ¿Cómo que no importa?, preguntó alarmado el médico.

- Los recibiremos, contestó Francisquete con acento firme, y los derrotaremos como siempre. Además, por precaución, algunos guerrilleros y paisanos armados, al mando de mi teniente Martín Almarza, que es todo un valiente, vigilarán los caminos y pasos difíciles, y después serán relevados por otros a fin de que todos puedan gozar de la fiesta. ¿Y luego no es una satisfacción que esa fiesta de que pretendían ellos gozar sea para nosotros, y que esos toros que pensaban ellos hacer lidiar hayan caído en nuestro poder y se lidien por nosotros y sólo para nosotros.

- Tiene razón nuestro paisano, dijeron el síndico y el médico.

- Tío Paniagua, gritó el alcalde, salga usted a la plaza, y con voz de pregón haga saber que mañana habrá toros, porque Dios, el señor cura, el señor Francisquete, la autoridad y la patria lo quieren.

Apenas el tío Paniagua apareció en la plaza, reinó un silencio sepulcral. Al terminar su peroración, de la que los campesinos sólo sacaron en limpio que había toros, resonaron los más grandes aplausos, y por todas las calles de la villa se desparramó la gente para anunciar a sus familias y a sus amigos la buena nueva.

¡Admirable carácter el de estos hijos de España. Ni la fortuna los engríe, ni los reveses les abaten!. Cantan y bailan al borde del precipicio, sin temor y sin pena, y mueren con la risa en los labios.

Al amanecer del siguiente día se celebró en la iglesia una gran función en honor del santo patrón de España. Cuando llegó el sublime instante de alzar la Hostia consagrada, la corneta de los guerrilleros batió marcha y los soldados de Francisquete, aquellos hombres curtidos por el sol, avezados a todos los peligros, indiferentes y descreídos, cayeron al suelo de rodillas y elevaron sus oraciones al Ser Supremo en demanda de auxilio para su amada patria y de perdón para sus culpas.

Terminada la misa comenzó la procesión. Todas las casas ostentaban en los balcones y ventanas las más lujosas colgaduras. Las calles estaban alfombradas de hierbas, de romero, de albahaca y de anís que con tanta profusión se cría en Ajofrín, embalsamando el aire. La procesión salió de la iglesia parroquial, edificio de antigua y sólida construcción, que se halla en una buena plaza, y después de recorrer algunas calles se dirigió al convento de monjas de Santo Domingo, fundado en el año 1611 por doña Juana Criado, y penetró en la pequeña iglesia para adorar el Santo Cristo de la Agonía, que en ella se guarda, y solicitar su divina protección a favor de la noble España.

A las doce había terminado la función religiosa, y al toque del Ave María todos se dirigieron a sus casas para comer, según el uso y costumbre de los españoles en aquel tiempo. Desde las dos de la tarde, la gran llanura en que se asienta Ajofrín se hallaba inundada de gentes, asi de la villa como de los pueblos vecinos. Los habitantes principales de Nambroca, Burguillos, Almonacid, Chueca, Sonseca y Mazarambroz llegaban en animados grupos formados por pueblos, por familias, por amigos.

Algunas mujeres venían en cómodas jamugas, otras a la grupa de caballo de su hermano o de su novio, y otras más valerosas montaban solas la paciente borrica. Por todos los caminos se veían los carros, llamados de violín, con una gran sábana a modo de toldo, llenos de mujeres, escoltados por algunos hombres a caballo y armados con escopetas, y más lejos, entre una nube de polvo, la pesada carreta atestada de mozas que entonaban canciones populares al son de la ruidosa pandereta o de las alegres castañuelas. Los mozos que iban a pie, contestaban a las canciones de las muchachas con otras no menos picantes. La bota corría de mano en mano y el chiste de boca en boca. Gritaban las mozas porque los jóvenes hacian cosquillas a sus cabalgaduras y las obligaban a salir al trote, produciendo caídas, risas y chanzonetas; sonaban las mulas las sonoras campanillas de sus colleras, chascaban el látigo los jinetes, juraban los conductores, y todo era bullicio, risas y alegría.

Al llegar a la villa, de todas las bocas salió un grito de admiración, y a la verdad que el caso no era para menos. En la citada llanura se había improvisado la plaza para la lidia, formada la valla con troncos de árboles, cerrado el recinto con todos los carros y carretas que había en el pueblo, y cubiertos los tablados destinados a D. Francisco Sánchez, a los curas, al Ayuntamiento y a personas principales de la villa con lienzos y cortinas de damasco sostenidas por altos palos.

En todos los rostros se pintaba la más viva alegría. Algunas familias habían acudido para abrazar a sus hijos y parientes, guerrilleros de Francisquete. Otras muchas llegaban atraídas por el ruido de la fiesta predilecta de los españoles, que no en vano había escrito ya el ilustre Jovellanos su famoso opúsculo titulado Pan y Toros.

En los tendidos improvisados, en los carros y galeras llenos de gente ansiosa de contemplar la lidia, desde ellos, en la valla, en el mal llamado redondel, en todas partes, no se hablaba más que del chasco dado por Francisquete y sus guerrilleros a los imperiales robándoles los toros con que pensaban divertirse.

La corrida se celebró entre la más franca alegría y el contento más extraordinario. Algunos guerrilleros y paisanos lidiaron a los toros con esa destreza y esa bravura, patrimonio especial de los españoles, así que todas las suertes fueron aplaudidas con frenético entusiasmo. En aquel momento nadie se acordaba de que España se hallaba invadida por los extranjeros, y el que se acordaba no vacilaba en decir: “no importa, los echaremos mañana”. Y conste que así lo creía.

Terminada la corrida comenzó el Rosario, que salió de la iglesia parroquial y dio la vuelta a todo el pueblo. La escena tenía algo de fantástico. Los lujosos estandartes, los grandes faroles, las voces de los clérigos acompañadas por el fagot, las mil y mil luces de los asistentes, las paradas de tiempo en tiempo para que el maestro de capilla cantase los Misterios, las voces de los asistentes que contestaban a las de los clérigos, todo daba al acto, en aquella hora solemne, un tinte especialísimo.

La noche, una hermosa noche de Julio, se pasó al aire libre, cerca de las viñas y olivares se encendieron hogueras, se hizo la cena y se comió en familia partiendo unos con otros cuanto llevaban. A seguida comenzó el baile, y las toledanas demostraron en él que nada tenía que envidiar para bailar manchegas a las célebres hijas de Valdepeñas o Daimiel.
La guitarra, ese instrumento puramente español, que a veces parece que ríe y otras que llora, que igual suena legre y contento como triste y quejoso, que es poético al pie de la reja de la mujer amada, bullicioso en el campo en día de gira, o melancólico en las manos del hombre desgraciado; la guitarra, decimos, acompañó en aquella hermosa noche los más lindos cantares.

Los guerrilleros, que se distinguieron en el baile, como se habían distinguido en la corrida, eran obsequiados a porfía en todos los corros. Para ellos fueron en aquella hermosa noche las dulces miradas de las jóvenes, los tiernos abrazos de las ancianas, los cariñosos apretones de manos de los hombres. Moza hubo que dedicó a los guerrilleros coplas como la siguiente, acompañada de ardientes miradas:

Por más que de nosotras
alguien murmure
somos las toledanas
en amor, dulces.

Veinticinco parroquias
tiene Toledo,
y veinticinco abrazos
pide mi dueño.

La melodiosa guitarra, la bulliciosa pandereta, las alegres castañuelas, los dichos picantes, las alegres carcajadas, las tiernas miradas, hacían coro a las coplas. Hubo también canciones improvisadas entonadas por la dulce voz de una mujer:

Guerrillero valeroso
que combates a la Francia,
cuenta siempre con mi amor,
si libertas a mi España.

Copla que fue acogida con estrepitosos aplausos, seguidos de juramentos de los guerrilleros de morir por la patria y el amor.

Cuando las primeras luces del nuevo día asomaron por el Oriente, sonó un prolongado toque de corneta, y todos se pusieron en pie, comprendiendo que había llegado el triste momento de la separación y quizás de una separación eterna. De pronto apareció D. Francisco Sánchez, caballero en un brioso alazán, regalo del alcalde, y con voz resuelta gritó: “¡A caballo!”. Cinco minutos después los 200 guerrilleros se hallaban sobre los caballos formados en una extensa línea al mando del bizarro teniente Martín Almarza.

- Esos toros, dijo Francisquete, volviéndose al cura, que en unión del alcalde y otros muchos vecinos le acompañaban, que sean repartidos por los alcaldes de los pueblos asistentes a la fiesta en relación al número de habitantes. Son nuestros, los hemos cogido jugándonos para ello la vida y queremos hacer este obsequio a nuestros paisanos. ¿No es cierto, muchachos?.

- Sí, sí, contestaron todos.

- ¡Viva Francisquete!, gritó el alcalde.

- ¡Viva!, respondieron miles de voces.

- ¡Viva España!, exclamó D. Francisco, esta patria querida por la que homos salido al campo. ¡Y ahora muchachos, a galope, hacia la Mancha, que devastan los franceses, a vencer o morir!.

Y clavando las espuelas al fogoso bruto que relinchaba de gozo, y a fin de evitar una escena tristísima de lágrimas y suspiros de las familias y amigos de sus guerrilleros, partió a todo galope. En aquel momento el corneto se adelantó a todos batiendo marcha. Las campanas de la iglesia de Ajofrín, las del convento de monjas dominicas y de las tres ermitas de la villa fueron echadas a vuelo. Las mujeres, con los ojos llenos de lágrimas, saludaban a los guerrilleros con el blanco pañuelo. Los paisanos, con el sombrero en la mano, los vitoreaban sin cesar. Y el sol, como si deseara tomar parte en aquella patriótica fiesta, apareció espléndido y brillante en el horizonte.

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